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Archivo mensual: mayo 2012

Colaboración de Mario Castillo Ros

HABITANDO EL RECUERDO


Alguien me pidió que hablara de alguien.
Pensaba que estaba siendo sometido a un experimento social. Que ese alguien quería medir mi estatus anímico-social forzándome a contarle cosas de mi infancia dulce, o de mi juventud menos dulce, o de mi madurez anodina. Acabé hablándole de la morena que sirve los cafés más imbebibles del mundo mundial en el bar más cutre. Pero cafés que sigo tomando con sumo placer visual.
Andaba solo por la calle, que no es una novedad, y disfrutaba de los primeros días de otoño. Lloraban las ramas de los árboles, azotadas por el viento. Pisaba las hojas húmedas que, amontonadas, conformaban los primeros lienzos de la melancolía. Lienzos de color ocre, del color de la tristeza más pura. Mientras sorteaba las hojas que escupían los árboles, me acordé cuanto le gustaba la estación de las hojas vencidas a mi abuelo. Joder, le podría haber hablado de él a mi amigo auto erigido investigador social.
Llegué tarde a casa. Quería escribir. Necesitaba escribir. A punto estaba de vomitar sobre el folio catódico, cuadriforme y apantallado un montón de frases. Tenía esa especie de musa caprichosa que son las ganas y las necesidades de cada uno. Y mi musa me susurraba al oído. Me incitaba. Me ofrecía el calor justo, también necesario que mis dedos y mi cabeza precisan para trabajar en equipo.
Pero la caja tonta, tontísima, llamó mi atención. También es cierto que me distraigo con facilidad y que a la tele no le soy infiel. Sostenía la taza de café en la mano y retenía las ideas en la cabeza, pues estaba a punto de plasmarlas en mi lienzo inmaculado.
Las notas del músico sabio, Bach, llamaron mi atención. Un documental me condujo tras la estela de un anciano. Lo seguí con la mirada. Observé a ese viejo decrépito que se acercaba a su infancia. Que quería volver a jugar a la pelota con su vecino, muerto hace mil años. Que quería crecer y estudiar y tener hijos. Que quería querer de nuevo.
He visto y he oído la enfermedad. La he visto asomarse a su mirada. La he oído en sus labios trémulos. Mi café se heló, como la sangre ante el miedo. Mis ideas desertaron y se fueron con la musa a otra parte. Volverán, lo sé.
Pero ahora es mi abuelo el que viene a mí. El que me visita mientras intento adentrarme en la noche. Mientras intento recordarlo y mientras intento que mi cabeza no vuelva a ese rato de locura tornadiza.
De mi abuelo no puedo hablar mal. Mi memoria es caprichosa. Y aunque tendamos a recordar lo muy bueno, también es verdad que muchas veces olvidamos, o desterramos de nuestra mente, lo muy malo. Hay abuelos que han muerto en guerras fratricidas, otros han sido segados por la vida antes, incluso, de saber que iban a ser abuelos. Otros, los menos a este lado de la literatura, que no han sabido conciliar su vida con la de sus nietos. No han sabido, no han querido, no han podido ser abuelos. Muchos amigos míos han sufrido, de alguna manera, la ausencia de los viejos de la casa. De los viejos entrañables contadores de cuentos. Transmisores del virus de las historias que sobreviven al espacio y al tiempo. Y a ellos. Historias que no mueren con ellos.
Un abuelo aporta sentido y sensibilidad a nuestra vida. Mucho más que otras figuras familiares que gravitan a nuestro alrededor. Porque nos peleamos con nuestro hermano y tenemos al abuelo que nos recuerda que entre hermanos no está bien pelearse. Su mirada autoritaria, aunque dulce, nos escrudiña y su voz suena cadenciosa:
-Los hermanos no se pelean. Si no os tuvierais, si fueseis hijos únicos, eso sí sería mala suerte. Mantiene la mirada fija en mí, en mi otro yo que es mi hermano y sentencia:
-Hay guerras que empiezan en la cuna. Y no quiero más contiendas. Todos los conflictos se pierden.
En aquel momento me quedé, y se quedó mi hermano igual. Entendimos la mitad. Con el paso de los años, la otra mitad no tardamos en descifrarla.
No tardamos en contestarle, nuestras palabras corren más que nuestros pensamientos… fruncimos nuestro ceño cándido, arrugamos la expresión y nos perdimos en un mar de dudas, en un océano agitado por los sentimientos hacia el otro. Pero fuimos tajantes y quemantes:
-Sí abuelo. De ser sólo uno no nos pelearíamos… Pero no tendríamos a este delante.
Y nos castigaba nuestro padre y buscábamos el apoyo incondicional de su padre. Entonces era él quien fruncía el ceño. Caminaba con paso quedo y decía que si nos riñe es por nuestro bien. Y por nuestro bien, se convertía en abogado deshaciendo sus pasos para hablar con el juez que nos condenó a una perpetuidad sin el Equipo A. Pidiendo el indulto, conseguía una rebaja de la pena… Así que nos citábamos en la emisión del siguiente capítulo.
Pero volvíamos a las andadas. Estábamos amparados por el defensor del nieto.
De pequeño, para combatir el frío de noviembre, ese frío y ese noviembre de los de antes, de cuando el cambio climático era una idea embrionaria en la cabeza de algún futurólogo loco, de algún advenedizo aprendiz de meteorólogo, nos sentaba delante de la lumbre. El calor de su voz, el fragor de sus historias a la orilla de la chimenea me transportaban a otra época. El frío azul de afuera era el mismo que él pasó en el frente en el que combatió. El mismo frente año tras año. Siempre emocionaban sus historias tristes. Siempre sabían distinto, aunque las contara, las mismas, también año tras año. Lo miraba impertérrito. Escuchaba cómo su voz bronca simulaba el sonido de las balas perdidas, de las trazadoras portadoras de una muerte segura. Historias de vidas que se iban sin vivir. Las emboscadas. El cigarro en la trinchera con el enemigo durante los pocos momentos de tregua. El llanto desesperado de los que mataban sin querer matar. De los que apuntaban al cielo y aterrizaban en el infierno. Y el vino y la comida extra en la cena de Navidad. La historia del soldado que murió sin saber que la de ayer, sin anunciarlo nada ni nadie, iba a ser su última cena. Murió con las botas puestas, con la comida en la mano y el villancico de feliz navidad aflorando en sus labios. La victoria de nadie, la derrota de todos. Crecí con esas historias. Y siguen volviendo a mí cada vez que miro la nada y veo como se filtra por mi ventana el silencio de ahora.
Y ahora cuando el Alzheimer se lo ha llevado. Cuando le impide ver cuántas batallas se siguen librando y cuántas guerras se siguen perdiendo. Cuando ya no disfruta de la meteorología. Ahora que no se levanta persiguiendo el amanecer. Ahora que no agudiza el oído para adivinar qué pájaro canta allá, en la estela del día recién nacido. Ahora que mira pero que no ve a nadie. Ahora que su vida se vacía por completo y hace que llene mis noches en blanco con su recuerdo. Es cuando he sentido la llamada salvaje de la escritura. Que se lleve estas letras donde vaya. Porque para él aquí no acaba todo. Aquí todo acaba de empezar.
Hay un antes y un después. Mi abuelo vive el después intemporal. La sinrazón de la naturaleza. El secuestro de una vida dedicada al vicio de contagiar optimismo y superación. No habrá rescate. Tampoco recompensa. Y hoy es un día gris. Como los que le gustan a Juan. Pero está postrado en su cama. Inmóvil. Me mira con ojos de niño. Ese brillo que denota alegría por el juego que tiene que empezar a la de tres. Pero no ve, atrincherado en su tiempo pretérito, el color otoñal. Ni lo huele como hacía antaño… No otea el horizonte y tampoco le pregunta a la luna si lloverá al día siguiente. Su cuerpo yermo, no le permite ninguna excelencia.
Su sonrisa es ahora perenne, no decae con estación severa que bautiza la vega granadina. Y lo hace porque es un niño. Y porque si fuera un adulto, nunca fue enemigo de sus enemigos, de quién no conocía. El siempre apuntó al cielo.
A la cabeza me vienen, una y otra vez, las imágenes del peregrinar de esos viejos jóvenes que han hecho las maletas para no regresar del país de Nunca Jamás.
Mi abuelo me mira. Una mira viva, inquieta, interrogante. Y con un chorro de voz atronadora, como las tormentas salvajes en agosto me dice:
-Que no se entere tu abuela que andas salvando gatos.
Y el silencio con sus tentáculos cavernosos lo arrastró hacia la oscuridad pétrea del olvido eterno.
by Mario Castillo Ros

Pocos autores -muy pocos, de hecho- son capaces de hacer sombra a Nikolai Gógol a la hora de reflejar, utilizando el humor como método, las miserias del alma humana. Es más, es muy probable, que Gógol no tenga, en toda la historia de la literatura rusa, parangón en cuanto a maestría en el uso de la sátira como reflejo y protesta. Si bien su relevancia y popularidad ha quedado algo relegada y oscurecida por otros autores del siglo XIX (Tolstoi, Dostoievsky y Chejov, especialmente), cabe no olvidar que Gógol fue, junto a Pushkin, quien inició el movimiento de ruptura con el romanticismo y de acercamiento al realismo literario. Es por ello, que no debe extrañar que su nombre se incluya entre los grandes del siglo de oro de la literatura rusa. Por encima de todo, Nikolái Gógol (1809-1852) es un escritor de cuentos, un verdadero cuentista. Si bien, durante sus poco más de cuarenta años de vida, tuvo tiempo de escribir novelas como Tarás Bulba –un relato épico sobre el pueblo cosaco- o la magnífica, divertida, genial, pero inacabada Las almas muertas y una serie de obras de teatro, el nombre de Gógol siempre se asocia a La nariz, El capote o La avenida Nevsky. Mas, no por ello, debe ignorarse que Gógol era algo más. Cierto es que, en sus cuentos, se halla concentrado (y condensado) todo aquello que Gógol tenía de característico; su macabro sentido del humor, su precisión y perspicacia a la hora de describir a la clase media de la Rusia pre-revolucionaria o su capacidad de caricaturizar perfiles sin llegar a deformar en exceso a sus personajes, pero lo ideal sería ir más allá, profundizar en su obra y ahondar en aquello que su escritura tenía de característico y, para ello, se debería leer la primera parte de Las almas muertas (lo mejor que la pluma de Gógol produjo) y una diminuta y ligera obra de teatro llamada El inspector. Ambientada en una pequeña aldea de una Rusia gobernada por el Zar Nicolás I, El inspector, narra los vaivenes y los desmadres de los habitantes de dicha aldea, a los oídos de los cuales ha llegado el rumor de la visita de un inspector proveniente de San Petersburgo. Con este sencillo punto de partida, y en apenas ciento ochenta páginas, Gógol es capaz, no sólo de representar cada uno de los tipos y perfiles de la Rusia Zarista o de encadenar escena hilarante tras escena hilarante, sino que también es capaz de dar rienda suelta a todo su talento y dar una clase magistral de cómo se debe tratar la comedia desde el punto de vista literario. El inspector es todo un tratado sobre la sociedad rusa, en la cual, todos sus entresijos, caracteres y figuras preponderantes se ven ridículamente representados por la prosa sarcástica y profundamente hiriente de Gógol. El inspector es, también, una verdadera mascarada social, ya que ninguno de entre todos sus personajes es realmente lo que representa ser. En esta aldea, por tanto, nada es lo que parece. Todo el mundo engaña, traiciona, roba y actúa, siempre, guiado por una segunda intención. Pero cuando llega el rumor de que un inspector proveniente de San Petersburgo se hospeda en el hostal del pueblo, todos los altos cargos del pueblo -Corregidor, juez, jefe de correos, profesor y comerciantes- aúnan sus esfuerzos para intentar convencer al inspector de que, en esta aldea, todos son nobles y honrados. Lo que ninguno de ellos sospecha es que, ni siquiera, Jlestakov –el supuesto inspector- es tal, pues no deja de ser un pillo, un rufián que, ahogado por las deudas de juego, da con sus huesos en esta remota y desconocida aldea y se sorprende al ver que todo el mundo, inexplicablemente, le toma por alguien que, ni remotamente, es. Y es, gracias a este juego de perfiles y máscaras, de personajes –todos- profundamente corruptos que pretenden hacerse pasar por honrados y moralmente intachables, lo que permite a Gógol ir encadenando escenas hilarantes, repletas de confusiones, diálogos chispeantes y frases tan lacerantemente certeras por entonces como para estos momentos actuales. Además de ser una comedia divertidísima y de fácil y muy agradable lectura, El inspector es una clase magistral sobre cómo se debe abordar el elemento cómico desde la vertiente literaria, pues, desde el principio, acata y desarrolla con maestría los requerimientos estructurales y conceptualmente de base de la comedia. Estructuralmente, El inspector adopta la repetición de gestos, encuentros o actitudes, la inversión de roles, papeles o circunstancias y la interferencia de series como procedimientos de base para el desarrollo de la comicidad de lo que acaece. Los personajes de esta obra viven perpetuamente, y a pesar de las situaciones fluctuantes, en la repetición mecánica y rígida de sus gestos (corporales y sociales) y de sus actitudes respecto a otros personajes. Además, la naturaleza de la situación les lleva, a cada uno de ellos, a invertir su rol. De este modo, por ejemplo, el Corregidor –y su familia-, altamente corruptos, deben mostrarse ante Jlestakov como los seres más honrados del mundo. Mientras que éste, un verdadero don nadie, insignificante y poca cosa, adopta el papel del gran hombre de San Petersburgo, conocido de muchos príncipes, gran amigo de personalidades y autor de los dramas más populares y brillantes de la época. Esta estructura, repetición más inversión y, en consecuencia, interferencia, es la base, el pilar y el eje de El inspector. El inspector es, decididamente, una pequeña gran obra, una joya brillante, divertidísima, amena y muy ligera –dentro de una tradición literaria que, como la rusa, no cuenta con la ligereza como una virtud muy arraigada-. Capaz de arrancar la risa más salvaje y, a su vez, ser producto de una lectura social y moral muy profunda. Toda una delicia para los lectores ávidos de literatura rusa, pero con ganas de desmarcarse un poco de los grandes nombres, de los buques insignias, los grandes dramas, las grandes historias y de aquellas obras monumentales –y magnificas- de cientos y cientos de páginas.

by Juan Carlos Calderón

Frecuentemente, esta pregunta se responde “con el bolsillo”, “con el estómago” o “con el corazón”. Pero un ranking elaborado por el equipo de SCImago Research Group dedicado a desarrollar herramientas de análisis estadístico en producción científica ofrece argumentos algo más objetivos. El estudio analiza la performance en investigación de las universidades de América latina y España basándose en sus publicaciones realizadas en el período que va de 2006 a 2010 y que figuran en la base de datos Scopus. Tiene en cuenta indicadores tales como la producción científica, las colaboraciones internacionales, la proporción de artículos publicados en revistas de prestigio y la “excelencia investigadora” (según este ranking, una publicación puede considerarse “de excelencia” cuando se encuentra entre el 10% de los trabajos más citados del mundo). Así, logra construir un perfil detallado que permite monitorear la actividad científica de las instituciones de educación superior basándose en datos cuantitativos de publicación y citación. “El volumen de los trabajos publicados es considerado uno de los indicadores del tamaño científico de las instituciones -dice la doctora Sandra Miguel, investigadora de la Universidad Nacional de La Plata y uno de los autores del trabajo-. Sin embargo, no es sólo la cantidad de conocimientos producidos lo que contribuye al progreso de la ciencia, sino también la calidad y el impacto que producen, tanto a través de las citas recibidas como de su aplicación en el desarrollo de nuevos productos o servicios.” Y he aquí el dato significativo: de entre los seis países latinoamericanos más prolíficos de la región (Brasil, México, Colombia, la Argentina, Venezuela y Chile), la Argentina es “por gran diferencia” aquel con mayor porcentaje de universidades con altos niveles de excelencia: casi un 44% alcanza un índice de entre 8 y 9; esto significa que entre el 8% y el 9% de las investigaciones de estas casas de estudios están entre las más citadas internacionalmente. Y en otro 19% de los centros, el 10% o más de sus trabajos científicos se encuentra en ese nivel. Brasil alcanza niveles de excelencia iguales o inferiores a 5 en el 50% de las universidades más productivas (el 5% de sus papers se cuentan entre los más citados) y tiene un pequeño porcentaje de instituciones (4%) que logran un índice igual o mayor a 10. Teniendo en cuenta el impacto que la investigación tiene en la educación superior, no está tan mal…

Extr. LaNacion.com

Muy atentos a los fenómenos de consumo, se imponen como la más moderna subcultura

Lo primero que puede llamar la atención es el look . Ella, un vestido de feria americana, flequillo, unos anteojos Wayfarer o Clubmaster, de Ray Ban, típicos de los años 50, y una cartera de un diseñador importante con un iPhone adentro. El puede llegar a tener un sombrero Fedora, como el que usaba Indiana Jones, el pelo cortito a los costados, jopo a elección, barba, o mejor bigote, una remera gastada con un saco arriba, pantalones chupines y una tradicional libreta Moleskine en el bolsillo por si lo sorprende una idea creativa. Se trata de los hipsters , un fenómeno que atraviesa muchos síntomas de esta época, una subcultura en ascenso. Pero fuera de ese estilo cuidado, para ellos, sin duda el valor agregado pasa por otro lado. Es ese bar oculto que llega del boca en boca, ese bodegón de barrio donde te sirven el vino en pingüino y la soda en sifón, esa banda de culto que viene de afuera y toca para no más de 500 personas lo que los hace estar un paso adelante de lo que pronto será tendencia.

Y ni se les ocurra etiquetarlos porque eso sí que no les gusta. Y menos que los llamen hipsters . Lo suyo justamente es huir de lo establecido, de eso que le gusta a la mayoría -lo mainstream- . Ser un hipster es la moda de escaparle a la moda y, de alguna manera, implantar la propia. Sin imperativos, pero con el convencimiento de que tienen la posta. Nunca va a decirte que es mejor, pero seguramente lo piensa. Este fenómeno exclusivamente urbano que se interesa por la cultura under y alternativa llega de Nueva York y se ha instalado de a poco en Buenos Aires, sin dudas la capital hi pster de América latina. Más precisamente en los alrededores de Palermo, porque Palermo es ya demasiado mainstream . ” Hipster es alguien que se rige 100% según las tendencias de consumo de hoy en día en la vida urbana. Pero es un consumo muy específico en el que se valora mucho la manufactura, el diseño, la calidad, los referentes culturales. No es un consumo al voleo. Creo que el hipster habla más del contexto de ciudad en que vive. Si una ciudad no tiene Wi-Fi no hay hipsters “, dice Javier Obando, fotógrafo de On the Corner, un proyecto en el que retratan en la calle personas con un estilo original. La palabra hipster no es nueva. A fines de los ?40 se la utilizaba en Estados Unidos para aquellos fanáticos del bop -un estilo de jazz-, y que incluía todo un estilo que imitaba a esos músicos negros a quienes admiraban, como podía ser Charlie Parker. Muchos de aquellos hipsters -el escritor Jack Kerouac es uno- formaron parte después de la denominada generación beat. “Está muy claro que ser hipster hoy no es lo mismo que antes; todo lo que nace viene con una reacción honesta a lo que pasaba en el ambiente de esa época.

Lo de hoy es sólo una moda; es estar a la moda, pero verte y actuar como si no lo estuvieras, mezclando lo popular con lo intelectual, todo fríamente calculado”, dice Fabián Ciraolo, artista chileno que con sus ilustraciones transformó a íconos culturales en sus versiones hipsters . Una de las más famosas es la de Frida Kahlo con una remera de la banda Daft Punk, jeans y los brazos tatuados. ¿Una banda? La estadounidense Foster the people. ¿Series? Mad men, o Bored to death , con Jason Schwartzman. ¿Un director de cine? Wes Anderson, sin duda uno de sus favoritos. Si hablamos de marcas de ropa locales, Ay not dead. Ping pong es la actividad deportiva o entretenimiento nocturno, y Nueva York y París son los lugares predilectos para irse de vacaciones. Y tal vez sean los miércoles de Rio Cafe -los “Rock in Rio”- uno de los puntos hipster de la noche porteña. Tiene todos los ingredientes: ambiente cool, DJ que musicalizan, una carta con platos de autor y un patio con barra donde el trago que más sale es el Marlon Brando, una caipiroska con jugo de berry y pepino. Y tratan de estar atentos a las convocatorias organizadas por los relaciones públicas de Oui Pr. Pero si de fiestas hipsters se trata también deben mencionarse las High on the Roof en la terraza del hotel Pulitzer o las Masterplan, en Crobar. Y un evento que pese a los años sigue atrayendo hipsters es el Bafici, el festival de cine independiente de Buenos Aires. Ahí se los puede ver llegar en bicicleta -el transporte hipster por excelencia seguido por algún scooter con algunas décadas encima- en busca de esas películas que no se pueden perder. Con unos enormes headphones blancos, Debora Velasco, estudiante de cine sanjuanina, escucha a las francesas CocoRosie mientras espera por ver una de las películas. Lleva chupines y unos Wayfarer de lectura. ¿Si es hipster ? Se ríe y dice que más de una vez se lo han preguntado, pero que no lo sabe y que mucho tampoco le importa. Erick Ricco, director de cine y fotógrafo brasileño de 27 años, también se ríe cuando se le pregunta lo mismo. “Pocos admiten ser hipsters , porque es una palabra usada siempre con algo de ironía. Yo quizá tenga algunas cosas: ando en bici, los tatuajes en los brazos y cierta nostalgia por la moda de los años 90″, dice. Los más común es eso, que frecuenten ambientes laborales vinculados con la creatividad y que anden por los treinta. Tatiana Raichberg quizá sea una excepción: tiene veinte y ningún inconveniente de autodenominarse hipster . En 2010 abrió en Facebook la página Hipsters Argentina , una de las tantas que hay en la Web. Ella lo confiesa: fue punk, hardcore, emo, vintage… y ahora hipster . ” Hipster es una persona que se interesa por la cultura underground, pero sin las etiquetas”, cuenta. Los barrios predilectos para un hipster son aquellos que rodean Palermo, como pueden ser Villa Crespo, Chacarita o Colegiales. Y en la zona sur de la Capital van a preferir Barracas antes que San Telmo. Pero tal vez la clave la tenga Flora Grzetic, styler de On the Corner: si los encontrás en un barrio que no te lo esperabas, mejor para ellos. Quiere decir que está a la moda de no estar a la moda.

Extr. LaNacion.com

Al aura polémica y de crisis casi connaturales de la crítica literaria se suma la pluralidad de espacios en la Red y tecnologías emergentes sobre cómo ejercerla y divulgarla. El juego es el mismo, las reglas apenas han cambiado, pero los tableros son otros; y un jugador pugna por ganar protagonismo: el lector anónimo y el personaje o famoso de turno. La crisis económica y el avance del mundo dual, analógico y digital remueven los pilares de la crítica literaria. Las conclusiones sobre este paisaje en continua transformación se pueden dividir en tres apartados: 1. La reducción de páginas y espacios dedicados a la crítica, las directrices o filosofía de cada medio sobre la clase de textos que quiere brindar y la aparente mayor concesión al mercado en detrimento de la calidad. 2. La revisión del ejercicio de la propia crítica a la cual le faltaría independencia, valentía, compromiso, rigor (ser menos complaciente) y profundidad (dar más elementos de valoración). 3. La pérdida de la influencia de la crítica literaria justo ahora cuando más se necesita en una era de sobreinformación y proliferación de canales que distorsionan y tienden a igualar el arte, a lo cual se suma la confusión ante la democratización de la crítica desde la plaza virtual.

Reglas para una crítica equilibrada:

  • Situar al autor, decir quién es y lo que representa el libro en su obra.
  • Ubicar el libro y juzgarlo con la perspectiva de una larga tradición literaria.
  • Argumentos razonados y con ejemplos para que el lector pueda comprender y evaluar.
  • Informar, educar y entretener.
  • Poca sinopsis y trama.
  • Informar sobre el estilo, el significado y la carga simbólica del libro.
  • Decir lo que piensa el autor sobre el tema del libro.
  • Decir lo que el crítico piensa sobre lo que el autor del libro dice sobre el tema del libro.
  • Ni golpear ni babear, una opinión ponderada y una fundamentación mesurada son más convincentes que un exabrupto.
  • Prohibir los adjetivos publicitarios, quien debe concluirlos es el lector.

Extr. diario El País

¿PRETENDES DESENTRAÑAR LAS COSAS…?

¿Pretendes desentrañar

las cosas? Pues desentraña

las palabras, que el nombrar

es del existir la entraña.

Hemos construido el sueño

del mundo, la creación

con dichos; sea tu empeño

rehacer la construcción.

Si aciertas a Dios a darle

su nombre propio, le harás

Dios de veras, y al crearle

tú mismo te crearás.

La lección te pongo en verso

por sujetar su osamenta,

que el hueso del universo.

sobre compás se sustenta.

Unamuno
Bilbao, 1864 – Salamanca, 1936
Aunque se dedicó centralmente a la filosofía y la narrativa (bastarían para probarlo Del sentimiento trágico de la vida, en el primer caso y, en el segundo, la novela Niebla), Miguel de Unamuno fue el autor persistente de una poesía dura, enjuta, respetuosa de los metros tradicionales, que incorpora secamente las preocupaciones metafísicas y religiosas del autor.

Extr. LaNacion.com

El italiano Roberto Calasso propone en La Folie Baudelaire un notable ensayo que se vale de la figura del poeta francés para explorar la fragilidad de las fronteras entre lo antiguo y lo moderno.

Para comprender La Folie Baudelaire , de Roberto Calasso (Florencia, 1941), habría que remontarse a la ya extensa secuencia de escritos que el ensayista italiano ha compuesto a lo largo de más de treinta años. El libro es una indagación originalísima -a través de la religión, la filosofía, la pintura y la literatura- que se adentra en un problema clave: la relación que los hombres establecieron con lo divino. Para Calasso, lejos de las teorías herederas del positivismo decimonónico, según las cuales el progreso de las ciencias habría de desterrar para siempre cualquier forma de pensamiento irracional o trascendente, el arte, en particular, dejó huellas de la búsqueda de esa relación. Si en el mundo antiguo esa búsqueda fue auténtica y explícita, en la modernidad se transformó en contrarrevolucionaria y subterránea. Así, en sus tres primeros libros ( La ruina de Kasch , Las bodas de Cadmo y Harmonía y Ka ), Calasso demostró de qué manera, en la Antigüedad, tal relación se basaba en una convicción profunda, según la cual la vida humana no era pensable sin una dimensión que fuera más allá de lo visible, de lo sensible y de lo existente. En sus últimos libros, en cambio ( K. y El rosa Tiepolo ), los volúmenes anteriores a La Folie Baudelaire , Calasso quiso penetrar en el estallido de lo moderno, para demostrar que Kafka, en los albores del siglo XX, y Tiepolo, en pleno siglo XVIII, intuyeron, el primero a través de la psiquis informe, y el segundo por medio de una pintura alusiva y secreta, que las fronteras entre la percepción “antigua” y “moderna” del mundo son mucho más frágiles de lo que suponen los historiadores. De esta perspectiva, entonces, nace La Folie Baudelaire , que se zambulle donde surge la modernidad de manera efectiva. Para ello, Calasso sigue un derrotero que se inicia con la filiación cultural de Charles Baudelaire (1821-1867), el célebre poeta de Las flores del mal , se ocupa de su prosa como crítico de arte, analiza el único sueño que transcribió en su vida de escritor, se adentra en el concepto de lo moderno en la obra de varios autores que circularon en ese período y se cierra con una feliz evocación de una conferencia del crítico Charles Augustin Sainte-Beuve en la Académie de France. Aquello que más fascina del libro de Calasso es que, en vez de poner en el centro la poesía de Las flores del mal , hace foco en la prosa y, en particular, en la crítica de arte de los salons de 1858 y 1859. Allí, Baudelaire confronta, como un verdadero flâneur desencantado, la pintura de David y de Ingres, y, con aguda empatía, se acerca a la tempestuosa sensibilidad de Delacroix. “La crítica de arte que practicaba Baudelaire era metafísica camuflada”, afirma Calasso sin titubeos. En el centro del libro destella -y es quizás una de las mayores piezas de toda la obra de Calasso- el análisis del sueño que Baudelaire transcribe el 13 de marzo de 1856. El poeta sueña que una carroza lo deja con un libro obsceno en la mano (presumiblemente Las flores del mal , que está por escribir), con el que ingresa en un burdel, que es también un museo, situado en las entrañas de París, el lugar del “Kaos” moderno. Allí, entre prostitutas, esculturas y cuadros, el poeta se pasea hasta hallar en el centro de una sala a un monstruo enrollado en sus propios miembros y que confiesa al poeta sus fastidios y sus penas. Para Calasso, el sueño es el único texto que dejó Baudelaire de la visión de sí mismo. La cuestión de lo moderno llega una vez que el libro ya ha dejado de lado las lecturas históricas del poeta (y que en Italia, el país de Calasso, van desde un clásico libro de Giovanni Macchia hasta el más reciente ensayo de Alessandro Piperno). Para ello, va justamente más allá en el tiempo, y comenta la obra de artistas como Degas y Manet, y de un poeta como Rimbaud. De todas las riquísimas afirmaciones que se enlazan en el libro, habría que subrayar por lo menos tres. Lo moderno está ligado a la “belleza equívoca”, introducida en Francia por la pintura y los dibujos de Constantin Guys. En segundo lugar, Degas percibió que la omnívora estetización de todo a la que se estaba asistiendo habría de conducir al fin del arte y a su progresiva anulación: lo moderno postuló, desde sus inicios, el fin de lo moderno. Pero, sobre todo, en último lugar, fue Rimbaud quien, en el epicentro de la excitada celebración de la modernidad, entrevió lo oscuro y buscó en el poema El barco ebrio lo trascendente, el mundo celestial y divino del que el hombre, naufragando, creía haberse liberado. El último capítulo del libro es la brillante interpretación de la conferencia destinada a los académicos de Francia que Sainte-Beuve, el mayor crítico del siglo XIX, el representante de la monarquía Port Royal y el intelectual más potente de su época, dedicó a la obra de Baudelaire, quien había solicitado su ingreso en la Academia. El crítico monitoreó, con las sutiles armas del disimulo y del travestimiento retórico, el rechazo de tal solicitud, alejando, mientras fuera posible, el tan temido peligro que Baudelaire representaba: el desmoronamiento definitivo de todo ese frágil castillo de naipes, que era la Academia, y su anquilosada visión y práctica cultural. Calasso evoca hacia el final cómo la revolución de Proust, que en Contre Sainte-Beuve cancela el canon poético del siglo XIX, pondría por fin en el centro la ” folie Baudelaire “, que no fue sólo el burdel-museo soñado, sino también el despertar de una locura.

Extr. LaNacion.com

Noche de lluvia


Llueve en la oscuridad de la noche
pasea del viento
cuenta historias la lluvia
bajo una suave melodía
corazones que se duermen agotados
de soportar un sin fin de sentimientos.
Canta la lluvia una cancion de cuna
para mecer las lágrimas afloradas
que yacen morbosas en la almohada
presumiendo ser dueñas de un lamento.
Dice la lluvia que son su suyas
las historias, las lágrimas y los pensamientos
dice que limpia el alma
más la almohada le responde
yo soy el baul de todos esos tesoros
pensamientos, historias y lágrimas
guardiana de los mas grandes secretos
paciente y fiel compañera.

by Nubecilla

Agradezco profundamente a mi amiga Grecia y a mi primo Cubasi que colaboraron para que esta página fuera posible. Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ Charlotte Novus Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ

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  • © 2012 (Charlotte Novus)
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PENSAMIENTOS

El deseo vence al miedo. Mateo Alemán

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1 - Genética Molecular. 2 - 20 poemas de amor y una cancion desesperada. 3 - La casa de los espíritus. 4 - El misterioso Mr.Brown. 5 - Ulises.
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